En este artículo quise abordar una tendencia que todavía genera rechazo en parte del público, pero que poco a poco va ganando espacio en la gastronomía y también en la coctelería: el uso de insectos como ingrediente. Más allá del impacto visual o del factor sorpresa, el texto plantea el debate desde la sostenibilidad, la nutrición y, sobre todo, desde el sabor.
A partir del trabajo de investigadores y creativos de bebidas, el artículo muestra cómo insectos como chapulines, hormigas, grillos o tenebrios pueden aportar perfiles aromáticos y gustativos muy concretos, imposibles de replicar con otros ingredientes. En coctelería, se utilizan tostados, macerados o integrados en elaboraciones líquidas para sumar notas ahumadas, ácidas o tostadas, siempre con una lógica gastronómica detrás.
La clave, como ocurre con cualquier tendencia, está en cómo se presenta y se integra en la experiencia. El artículo defiende que los insectos no tienen sentido como provocación vacía, sino como una herramienta más para ampliar el repertorio de sabores, siempre que el resultado sea atractivo y esté bien ejecutado. Un paso más en la evolución de una coctelería cada vez más abierta a nuevos códigos.



